Nota del editor: Roberto Rave es politólogo con especialización y posgrado en negocios internacionales y comercio exterior en la Universidad Externado, de Colombia, y la Universidad de Columbia, de Nueva York. Con estudios de Gerencia en la Universidad IESE de España y candidato a MBA de la Universidad de Miami. Es columnista del diario económico colombiano La República. Fue escogido por el Instituto Internacional Republicano como uno de los 40 jóvenes líderes más influyentes del continente.

(CNN Español) – En general, los últimos cuatro años no han sido buenos, en el terreno económico, para América Latina. La desaceleración en el crecimiento de países como China, ha revelado una nueva dependencia, que se suma a la ya conocida respecto al desempeño económico de Estados Unidos. Se trata de una dependencia no sólo del crecimiento y la demanda comercial de estas dos potencias, sino también de la exportación de materias primas sin valor agregado. La oferta comercial de la región corresponde, en más de un 60%, a este tipo de productos.

Hasta el año 2014 Latinoamérica vivió una verdadera bonanza producida por los altos precios mundiales de las materias primas. ¿Qué se hizo con los recursos de este ciclo histórico de crecimiento? Aunque varios países los aprovecharon para mejorar sus infraestructuras y hacer algunas inversiones necesarias, lamentablemente la mayoría de los recursos se perdieron en la corrupción, en el crecimiento del aparato burocrático de los gobiernos y la puesta en marcha de medidas asistencialistas y populistas para garantizar reelecciones y pagar favores.

Ahora se acabó la fiesta y viene la resaca, o sea el período del saneamiento, del ajuste, de la crisis. Al inicio del presente año, el Banco Mundial (BM) estimaba un crecimiento de 2% para la región; el FMI de 1,9% y la CEPAL un 2,2%. Sin embargo, para mediados de año, estas proyecciones han disminuido y es posible que no se cumplan ni siquiera después de haber ajustado las cifras. El informe de agosto de la CEPAL afirma que, en promedio, América Latina crecerá al 1,5%.

Por otro lado, la inestabilidad política desempeña un papel trascendental en la economía de una región que vive siempre la adrenalina de caer en un gobierno con políticas populistas de izquierda, como sucede en Venezuela. Este año se están llevando a cabo 7 procesos electorales que están reconfigurando la región, tanto en el ámbito político como en el económico.

En consecuencia, hay aprovechar el momento que estamos viviendo, con sus cambios políticos, su desaceleración económica, sus endémicos escándalos de corrupción y sus desastres populistas, para extraer lecciones y aplicar correctivos urgentes. Lo primero es apostarle al necesario saneamiento y ajuste de las finanzas públicas de nuestros países. No podemos mantener estados sobredimensionados e impagables, que se montaron durante la bonanza, pero que ahora son insostenibles y constituyen un lastre para nuestras economías.

Como bien ha señalado el gran economista y exministro argentino Ricardo López Murphy, en América Latina “tenemos impuestos suecos, con contribuyentes sudamericanos, y servicios africanos”. Esto hay que cambiarlo urgentemente.

Lo cierto es que para poder disminuir las brechas sociales y de infraestructura que vive la región, considero que se debería crecer por encima de 6% anual, una cifra aún lejana para nosotros.

La desaceleración económica en Latinoamérica es un ambiente propicio para los discursos de izquierda que prometen la disminución de las brechas sociales, sin tener en cuenta el panorama económico de la región.

Es cierto que la dicotomía maniquea de izquierda y derecha resulta un poco incómoda y molesta en una época en la que la región requiere de más unión que estigmatización. Sin embargo, no podemos olvidar que algunos líderes de izquierda han gobernado a Latinoamérica y lo han hecho mal, derrochando la bonanza petrolera, endeudando exageradamente a sus gobiernos, aumentando la corrupción y generando resentimiento entre los ciudadanos.

El reconocido abogado colombiano Martín Ibarra mencionaba que la guerra económica que actualmente están librando China y Estados Unidos podría ser favorable para Colombia, pues, más que una amenaza, es una gran oportunidad comercial que forzará a este país y a otros similares a encontrar otras opciones y así depender menos de estas potencias.

En este contexto, también se abre la oportunidad de replantear la intervención del estado en la economía no solo en el ámbito tributario sino también respecto a las llamadas políticas anticíclicas. En muchas ocasiones, los particulares son más eficientes en la ejecución y administración de recursos que los gobiernos. Es necesario pensar en la teoría del gran economista estadounidense, Thomas Sowell, sobre el ciclo económico planteada en su libro Economía: verdades y mentiras. Sowell afirma que: “A menudo se dice que el gasto gubernamental es beneficioso para la economía puesto que el dinero desembolsado se gasta una y otra vez, y crea empleos, aumenta los ingresos y en el proceso genera ingresos por impuestos. Por lo general, si ese mismo dinero gubernamental hubiera permanecido en las manos de los contribuyentes, de donde originalmente provino, ellos también lo hubieran gastado y se hubiera invertido una y otra vez, creando empleos, elevando los ingresos y generando ingresos de impuestos en el proceso”.

Por último, es indispensable empezar a salir de la dependencia de las materias primas. Con la globalización de las comunicaciones, de la información y de conocimiento, hay un campo abierto en América Latina para la innovación, las empresas de nuevas tecnologías y las ideas disruptivas. Si en nuestra región no le apostamos a esto, quedaremos cada vez más rezagados y nunca podremos salir de la pobreza. Esto es los que nos enseña, con lujo de detalles y con ejemplos muy claros, el excelente libro de Andrés Oppenheimer: ¡Crear o morir! La esperanza de Latinoamérica y las cinco claves de la innovación.

Fuente: Cnnenespanol.com